“Pasar la página y construir el futuro”

“¿De qué te vale ganar el mundo si pierdes tu alma?”

(Marcos 8:36)

La política destructiva

En América Latina ha ganado terreno la confrontación política destructiva que lleva a que la clase política se mantenga enfrascada en luchas personales interminables carentes de contenido político y de vocación democrática. La razón principal: el dejar que la emoción sin reflexión guíe el accionar político.

Este comportamiento instintivo primario tiende a derivar en un proceso de confrontación agresiva y de conflictos sin solución, que hunde a los países en un círculo pernicioso de ataques personales y de relaciones políticas tóxicas que terminan desacreditando la política, atomizando a los partidos, institucionalizando la venganza, y haciendo del odio y del resentimiento la motivación principal del accionar político. A esta forma de hacer política se le ha llamado en nuestra región “la peruanización de la política”.

El odio y el resentimiento en la política

Hacer política desde el resentimiento y del odio se convierte en una especie de carga pesada invisible que nos ata al pasado, nos define por la herida recibida y nos roba la capacidad de construir futuro. El político que vive atrapado en el odio, aunque tenga razón en su reclamo, termina esclavizado por su propia amargura. La historia está llena de ejemplos: movimientos que nacieron con justicia y murieron devorados por el rencor. En esta deriva emocional destructiva, con frecuencia se intenta justificar el ataque personal hiriente, la campaña sucia basada en mentiras, y se tiende a la política para la revancha y el ajuste de cuentas.

Esta dinámica, no sólo erosiona las relaciones políticas, sino que también vacía de contenido el debate público, reduciéndolo a un intercambio de insultos. Entonces, cuando el ataque personal se convierte en el único lenguaje posible, la capacidad de dialogar y de construir puentes desaparece, dejando a la sociedad atrapada en un ciclo destructivo de odio y de resentimientos interminables. Al final, lo que queda es un sistema de voluntades políticas rotas, que sólo ve en el otro a un enemigo que debe ser silenciado a cualquier precio. Es en este escenario donde la democracia deja de ser un ejercicio de convivencia para transformarse en un campo de batalla estéril, que termina erosionando el prestigio de los políticos y dañando profundamente el sistema de partidos.

Gobernar sin resentimientos

Pero no todos los políticos se dejan arrastrar por esta corriente de polarización tóxica y destructiva. Existen figuras que entienden que el liderazgo auténtico no reside en la humillación del adversario, sino en la búsqueda de consensos que trasciendan las diferencias políticas. Pues saben, que aunque la naturaleza de la política es el conflicto, éste tiene que tener límites éticos y humanos que protejan la integridad moral de los actores y la credibilidad del sistema. Estos líderes comprenden que el verdadero progreso nacional exige tender puentes allí donde otros han decidido levantar muros infranqueables.

Este ha sido el caso del doctor Leonel Fernández, quien, a pesar de haber sido objeto de ataques infundados y de una campaña de descrédito despiadada y sistemática, ha demostrado una templanza y una mesura política dignas de estudio. Como decisión de vida, se negó a aceptar que el odio y el resentimiento gobernaran su existencia, y optó por el perdón y la reconciliación.

Esto resultó ser clave para evitar que las emociones tomaran el control de sus decisiones políticas y de gobierno. Para Leonel, siempre ha estado claro que el liderazgo, en cualquier ámbito, no debe medirse por la capacidad de destruir al adversario, sino por la profundidad de sus argumentos, por el alcance de su visión y por la fuerza de su autoridad moral. Esa integridad, forjada en el crisol de la adversidad, le ha permitido consolidar un legado que trasciende las pequeñeces de la política y las coyunturas electorales.

Liderar con el alma limpia y el corazón abierto

Quizás, la mayor virtud del presidente Leonel Fernández es que, a pesar del poder, y de haber tenido el mundo en sus manos, se ha negado a perder su alma. En la política, como en muchas actividades de la vida, existe el riesgo de convivir con el lodo. La diferencia está en si te conviertes en esponja que lo absorbe o en piedra que el lodo no puede penetrar. Su grandeza ha consistido en ser una piedra que ha sabido conservar su humanidad, su decencia y su empatía para con los demás.

Su capacidad para tender puentes y abrir su corazón a aquellos que le han adversado, a los que se han alejado, o incluso a aquellos que en el presente o en el pasado han buscado su caída, es una muestra de su madurez política y de una visión de Estado que prioriza el bienestar colectivo sobre cualquier agravio o diferencia personal. Por eso está dispuesto a gobernar sin revancha, y romper el ciclo donde cada cambio de gobierno implica perseguir al adversario y hacerle un ajuste de cuentas.

Pasar la página y construir el futuro

Esta visión, lejos de ser una debilidad, es una fortaleza inquebrantable, que se erige como el cimiento necesario para la reconciliación nacional. En un país que está llamado a realizar grandes reformas y pactar el desarrollo, la visión del perdón y la reconciliación del Presidente Fernández representan un avance democrático que fortalecerá el estado, la gobernabilidad y el sistema de partidos.

Su liderazgo entonces se transforma en un faro de sensatez, confianza y estabilidad que ilumina el camino hacia un futuro donde la convivencia respetuosa y pacífica no sea una utopía, sino una realidad tangible que permita pasar de la lógica de la confrontación destructiva, a un estado de madurez política, donde ganar, no implique dividir, y gobernar no implique cobrar cuentas. Esto supone pasar la página y construir el futuro…y Leonel está dispuesto a hacerlo.

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