Por: Héctor Minaya

La República Dominicana está viviendo una auténtica primavera en su sector turístico, consolidándose no solo como el destino favorito del Caribe, sino como un referente global de gestión y resiliencia.

Las cifras presentadas recientemente por el Ministerio de Turismo no dejan espacio a la duda: los 6,968,623 visitantes acumulados en los primeros siete meses de este año representan un hito sin precedentes. Volver a romper récords ya no es una sorpresa, sino la confirmación de una tendencia sostenida bajo la gestión de David Collado, acumulando una histórica cifra de casi 32 millones de visitas desde agosto de 2020.

Ver que solo en el mes de julio se superó el millón de visitantes (entre vías aérea y marítima) demuestra el dinamismo de una maquinaria que funciona a pleno rendimiento. Sin embargo, detrás de la frialdad de los porcentajes de crecimiento un espectacular 51% más en comparación con el 2019 de la prepandemia late una metamorfosis mucho más profunda en la identidad de nuestro producto turístico. Dentro del tsunami de datos positivos, hay uno en particular que merece una pausa para el análisis: el 10% de estos turistas eligieron caminar las calles de la Ciudad Colonial de Santo Domingo. En un país históricamente promocionado por sus paquetes de «todo incluido», sol, arena blanca y cocoteros, que más de 600,000 almas hayan decidido adentrarse en el corazón histórico de América es un síntoma de madurez de la demanda y de la oferta. La Ciudad Colonial no es solo un conjunto de fachadas antiguas; es el epicentro de nuestra identidad. Que uno de cada diez visitantes apueste por el turismo cultural democratiza el impacto del dólar turístico, llevándolo directamente a los museos, los pequeños restaurantes, los artesanos y los guías locales de la capital

Este flujo dinamiza la economía formal e informal de Santo Domingo y valida las inversiones público-privadas destinadas a remozamiento y rescate de la zona. El turista actual ya no solo busca desconectarse del mundo; busca conectar con la historia, y la primada de América tiene una narrativa inigualable que ofrecer.

Celebrar los éxitos de la gestión actual es de justicia. La estrategia de promoción, la diversificación con el auge del turismo de cruceros (que creció un impresionante 156% respecto a 2019) y la agilidad institucional han dado frutos incuestionables. «Lo volvimos a hacer», proclamaba el ministro Collado, y los datos respaldan su optimismo.

No obstante, el verdadero desafío de alcanzar la cumbre es saber mantenerse en ella de forma sostenible.

El crecimiento «sostenido y extraordinario» nos obliga a mirar hacia el futuro inmediato con responsabilidad: Infraestructura y servicios: Más turistas exigen mejores servicios públicos, manejo de residuos, seguridad y conectividad vial.

La presión sobre nuestros recursos naturales y zonas costeras debe gestionarse con lupa ecológica. El éxito de la Ciudad Colonial requiere un plan de carga que evite la gentrificación desmedida y garantice que el centro histórico mantenga su esencia viva, habitada por dominicanos, y no se convierta en un simple decorado temático. República Dominicana ha demostrado que sabe atraer al mundo. Ahora el reto colectivo es garantizar que este derrame económico se traduzca en un desarrollo integral para su gente. Los récords numéricos son motivo de orgullo nacional; el bienestar duradero de nuestra sociedad será el verdadero legado de este éxito.

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