Entre convicciones, patriotismo y una vida dedicada a opinar sin miedo sobre la República Dominicana
Por : Angel Puello
Siguiendo con las entregas que cada semana dedico a dominicanos cuyas trayectorias han dejado una huella en la vida nacional, hoy corresponde escribir sobre una mujer que, independientemente de que alguien comparta o no todas sus posiciones, ha construido una identidad pública imposible de ignorar: doña Consuelo Despradel.
Hay figuras cuya principal fortaleza no es agradar a todo el mundo, sino mantenerse fieles a sus convicciones. Consuelo Despradel pertenece precisamente a ese grupo. Durante décadas ha utilizado los micrófonos de la radio, la televisión y, más recientemente, las plataformas digitales para expresar sus ideas con una intensidad que pocos comunicadores mantienen durante tanto tiempo.
En un país donde muchas opiniones suelen acomodarse a las circunstancias, ella ha preferido asumir el costo de decir lo que piensa. Ese rasgo, por sí solo, ya constituye una característica poco común en la comunicación dominicana.
Siempre he considerado que el patriotismo no consiste únicamente en exhibir la bandera o pronunciar discursos emotivos sobre la nación. También se manifiesta cuando una persona siente que debe involucrarse en los grandes debates nacionales porque entiende que el destino del país merece ser defendido. Esa ha sido, durante años, una de las principales características de doña Consuelo.
Su amor por la República Dominicana ha quedado reflejado en innumerables intervenciones donde ha defendido lo que entiende conveniente para el interés nacional, la institucionalidad y la soberanía del país. En muchas ocasiones sus planteamientos han generado debates intensos; en otras, han encontrado amplio respaldo. Pero resulta difícil negar que detrás de sus palabras existe una preocupación genuina por el futuro de la nación.
Como ocurre con millones de dominicanos, ella también ha depositado esperanzas en proyectos políticos y en distintos liderazgos. Y, como le ha sucedido a gran parte de la sociedad, también ha conocido las decepciones que deja la política cuando las expectativas no se convierten en resultados.
Eso no la hace diferente del ciudadano común. Al contrario, la acerca a la realidad de un pueblo que durante décadas ha buscado gobiernos capaces de responder plenamente a sus aspiraciones.
Quizá por esa razón sus opiniones suelen estar cargadas de pasión. No habla desde la indiferencia. Habla desde la convicción. Y cuando una persona cree profundamente en una idea, inevitablemente transmite emociones que generan apoyo en unos y críticas en otros.
La democracia necesita precisamente eso: voces diversas, opiniones fuertes y ciudadanos que participen activamente en los asuntos públicos. Una sociedad donde todos piensan igual deja de debatir; una sociedad donde existen comunicadores dispuestos a expresar sus posiciones fortalece el intercambio democrático.
Otro aspecto digno de reconocimiento es su permanencia. Mantener vigencia en los medios de comunicación durante tantos años requiere preparación, disciplina, credibilidad ante una audiencia y una enorme capacidad para adaptarse a los cambios tecnológicos y sociales. Muy pocos logran atravesar varias generaciones de oyentes y televidentes conservando influencia en la conversación pública.
Hoy, además de la radio y la televisión, sus declaraciones encuentran eco inmediato en las redes sociales, donde continúan generando análisis, comentarios y discusiones. Esa capacidad de seguir siendo noticia demuestra que su voz continúa ocupando un espacio relevante dentro del escenario nacional.
No pretendo afirmar que todos deban coincidir con cada una de sus opiniones. Sería irreal. La riqueza de una democracia reside precisamente en la diversidad de criterios. Pero sí considero justo reconocer a quienes, durante años, han defendido con firmeza aquello en lo que creen y han contribuido a mantener vivo el debate sobre los grandes temas nacionales.
Doña Consuelo Despradel representa a una generación de comunicadores que entendió el periodismo y la comunicación como un compromiso con el país, más allá de las simpatías o diferencias que puedan despertar sus posiciones.
La República Dominicana necesita ciudadanos comprometidos, capaces de expresar sus ideas con responsabilidad, de participar en la discusión pública y de mantener vivo el amor por esta tierra. En ese sentido, la trayectoria de doña Consuelo constituye una referencia que merece ser valorada.
Mi reconocimiento de hoy es para una mujer que ha hecho de la palabra una herramienta de participación ciudadana y que, con su estilo directo, apasionado y profundamente dominicano, ha demostrado que amar al país también significa involucrarse en su presente y preocuparse por su futuro.