Por Sara Ortiz D

La victoria de Laura Fernández en Costa Rica no solo cambia el mapa político de ese lugar : confirma que la “mano dura” dejó de ser una propuesta y se convirtió en un producto global. Un eslogan que hoy se vende como “solución inmediata” al miedo, al hartazgo y a la sensación de que el Estado perdió el control.

Según el reporte que reseña su triunfo, Fernández ganó en primera vuelta con 48.5% (con 88.4% de mesas escrutadas) y colocó el tema de seguridad como prioridad, prometiendo acciones sin titubeos y hasta planteando estado de excepción en zonas conflictivas y “levantamiento de garantías” para sacar de circulación a criminales identificados.   Ese lenguaje no es casual: está diseñado para decirle a una mayoría silenciosa “yo sí me atrevo”.

Pero la “mano dura” tiene dos caras: una emocional y otra operativa. En la emocional, funciona perfecto: simplifica un problema complejo (narcotráfico, violencia, impunidad) y lo convierte en una orden directa: “apretar”. En la operativa, la cosa se complica, porque la eficacia depende de instituciones, leyes, cárceles, inteligencia, presupuesto, control interno… y límites claros para no romper el Estado de derecho.

Por eso el modelo que todos citan —Nayib Bukele en El Salvador— inspira y asusta al mismo tiempo. Inspira porque el Gobierno salvadoreño exhibe cifras oficiales de homicidios muy bajas (por ejemplo, 82 en 2025, según la nota reseñada).   Asusta porque organismos y reportes han advertido sobre costos en derechos humanos, detenciones masivas, debido proceso y muertes bajo custodia durante el régimen de excepción pero muchos dicen que donde están los derechos humanos cuando delincuentes entran a un hogar y matan a una familia .

Y el fenómeno no se queda en Centroamérica. La retórica de “law and order” también forma parte del libreto de Donald Trump, con memorandos y discursos públicos que vuelven a colocar la seguridad como símbolo de autoridad y control.   Al final, el mensaje es el mismo en distintos idiomas: “si me das poder, te devuelvo tranquilidad”.

Ahora bien, aquí viene el punto incómodo —pero necesario— para República Dominicana: en nuestra política, ese discurso no es nuevo. Mucho antes de que se pusiera “de moda” por Bukele o por campañas regionales, Ramfis Domínguez Trujillo ya lo había empaquetado como concepto de campaña difundido desde  antes del 2018. En otras palabras: cuando hoy otros se suben a esa ola, en RD ya había un actor que comenzó  registrarla como bandera.

Pero hay que decirlo claro: no todo cabe en el mismo puño. Mano dura contra crimen organizado y corrupción administrativa puede traducirse en reformas penales, persecución financiera, depuración, tecnología y justicia rápida. Pero “mano dura” para controlar precios o para frenar presiones migratorias requiere herramientas combinadas  : regulación inteligente, competencia real, productividad, control fronterizo con legalidad, diplomacia y logística estatal. 

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