Por: FERNANDO ÁLVAREZ B.

A través de nuestras exposiciones en este importante medio comunicacional, la tecnología ha ocupado espacio especial dado su impacto en la sociedad actual. El tópico, la robótica, se enmarca en el ámbito de la misma, un tema que abordamos consultando fuentes autorizadas como Stanford, MIT Technology Review, Federación Mundial de Robótica, etc.

La aspiración de crear ayudantes artificiales se remonta a época muy anterior a la tecnología actual; antes de llegar a fábricas y laboratorios, los robots habitaron en mitos autómatas y relatos de ciencia ficción, generando una inspiración sostenida hasta la contemporaneidad: delegar en una máquina las tareas pesadas, peligrosas o monótonas.

La palabra robot surgió en el año 1920 con el libro R.U.R. del checoslovaco Karel Capek, proviene de robota, voz asociada al trabajo forzado y gratuito en el feudalismo; desde entonces, la robótica plantea una pregunta: ¿Qué labores deben conservar las personas y cuáles confiarse a las máquinas?

La respuesta encuentra pertinencia con la industrialización del año 1760. En 1961, un brazo mecánico llamado Unimate, en planta de General Motors, Estados Unidos, manipulando piezas calientes y pesadas, no caminaba ni hablaba, sí demostró cómo una máquina programable podía ejecutar tareas repetitivas con precisión y constancia.

Durante décadas, Unimate fue el rostro de la robótica: brazos que soldaban, pintaban, cortaban, ensamblaban o trasladaban piezas dentro de áreas de seguridad. Su expansión desde la industria automotriz hacia la electrónica, la metalurgia, los alimentos y la logística, redujo labores riesgosas, desplazó puestos laborales específicos y creó otros en programación, mantenimiento y supervisión sin eliminar el trabajo humano, transformando su contenido.

El siguiente salto consistió en dotar al robot de percepción. Entre los años 1966 y 1972, el Stanford Research Institute desarrolló a Shakey, capaz de observar un entorno sencillo, calcular ruta y ejecutar acciones básicas, a un lento y limitado, integró movimiento, visión artificial y razonamiento automático.

Desde entonces, el valor del robot depende no solo de motores y piezas, también de cámaras, sensores, chips, programas y datos. Con inteligencia artificial (IA), algunas máquinas ya reconocen objetos, interpretan instrucciones, planifican movimientos y corrigen ciertos errores; sin embargo, no piensan como una persona: los cambios de luz, posición o superficie pueden confundirlas y una falla física, dañar equipos o causar lesiones.

Según la Federación Internacional de Robótica, en 2024 se instalaron 542,000 robots industriales, más del doble que diez años antes. China concentró 295,000 (54 %) del total mundial; Estados Unidos instaló unos 34,200 manteniéndose como el segundo mercado, reflejándose una competencia estratégica entre China y Estados Unidos, la primera combinando enormes bases manufactureras, cadenas de proveedores y políticas de automatización; el segundo sobresale en IA, chips, software, investigación y capital de riesgo, importando parte de los robots industriales utilizados.

La nueva frontera laboral trata de unir la fuerza y precisión del robot industrial con la capacidad de percibir y adaptarse a la IA., originando al humanoide, diseñado para trabajar en espacios creados para personas.

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