Más allá de las diferencias políticas, reconozco en este amigo de muchos años a un trabajador incansable, un defensor de causas sociales y una de las voces que durante décadas ha mantenido su preocupación por nuestros campesinos, la producción y el desarrollo rural.
Por Ángel Puello
Presidente fundacion Todo es Posible
Siguiendo con mis artículos semanales, en los que procuro reconocer a hombres y mujeres que considero merecedores de nuestra atención, algunas veces escribo sobre personas que no tengo el placer de conocer personalmente, pero cuya trayectoria sigo y admiro a través de los medios. En otras ocasiones, como esta, escribo sobre alguien a quien sí he conocido de cerca y a quien puedo llamar amigo: Tomás Hernández Alberto.
Durante muchos años hemos podido estar en opciones políticas diferentes e incluso tener diferencias de criterios e ideas. Sin embargo, jamás hemos permitido que la política destruya el respeto, el cariño y la admiración. Hemos sabido separar las cosas. Y esa también es una cualidad que debemos recuperar en la República Dominicana: poder pensar diferente sin dejar de apreciarnos como seres humanos.
Conocí de cerca la sensibilidad social de Tomás hace décadas. Cuando desarrollábamos desde la televisión campañas relacionadas con la niñez dominicana y existía una enorme preocupación por dotar al país de instrumentos legales modernos para proteger a nuestros menores, coincidimos en una lucha que recuerdo con satisfacción: la aprobación del entonces Código del Menor.
No era una preocupación superficial. Tomás Hernández Alberto, siendo diputado, tuvo una participación concreta. La propia historia de la Cámara de Diputados registra que, en marzo de 1994, fue él quien solicitó que el proyecto fuera aprobado de urgencia en dos sesiones consecutivas. Aquella legislación representaba un paso trascendental en la protección de niños y adolescentes dominicanos.
Su sensibilidad hacia las nuevas generaciones también quedó demostrada en otro capítulo importante: su apoyo desde el Congreso al proyecto que estableció el 31 de enero como Día Nacional de la Juventud, iniciativa que posteriormente abrió camino a una política permanente de reconocimiento de nuestros jóvenes.
Pero existe un tema con el cual siempre he relacionado a Tomás Hernández Alberto: el campo dominicano.
Ingeniero agrónomo de profesión, ha dedicado buena parte de su vida pública a los problemas de la tierra, los productores, los parceleros, el crédito agrícola y la reforma agraria. Fue director general del Instituto Agrario Dominicano (IAD) durante el gobierno del presidente Hipólito Mejía, desde donde impulsó programas vinculados con la titulación y el desarrollo de los asentamientos de la reforma agraria. También ha estado estrechamente vinculado al Banco Agrícola y ha ocupado responsabilidades relacionadas con las políticas agropecuarias nacionales.
Para Tomás, hablar del campo nunca ha sido solamente hablar de estadísticas. Es hablar del pequeño productor que se levanta antes de salir el sol; de la familia campesina que necesita financiamiento; del agricultor que requiere caminos, agua, tecnología y mercados; y de la necesidad de garantizar que producir alimentos vuelva a ser una actividad rentable y digna.
Hoy milita en el Partido Revolucionario Moderno (PRM) y dirige el movimiento Poder Pa’l Pueblo, después de una extensa trayectoria que tuvo capítulos importantes dentro del Partido Revolucionario Dominicano. Ha sido diputado, funcionario, dirigente político y hombre ligado durante décadas al sector agropecuario.
Sin embargo, cuando pienso en Tomás, antes que los cargos recuerdo su don de gente: el amigo accesible, trabajador e incansable; el hombre capaz de defender apasionadamente sus ideas sin convertir las diferencias políticas en enemistades personales.
Llevo años sin verlo y nuestros caminos políticos han transitado por rutas diferentes. Pero el afecto y el respeto permanecen.
