Por: Silem Kirsi Santana
El verdadero riesgo para una organización no es que sus colaboradores utilicen inteligencia artificial, sino que lleguen a sentirse incapaces de trabajar sin ella.
Hay una preocupación que comienza a instalarse en algunas organizaciones: ¿qué ocurre cuando se limita el uso de la inteligencia artificial?
La respuesta puede encontrarse en el descontento de algunos colaboradores, en la sensación de que ciertas tareas se vuelven más difíciles, en la resistencia a trabajar sin una herramienta que hasta hace poco ni siquiera formaba parte de la rutina laboral. Y aquí aparece una paradoja que merece ser observada con detenimiento.
Si limitar el uso de la inteligencia artificial provoca una preocupación desproporcionada entre quienes la utilizan, quizá el problema ya no sea la restricción de la herramienta, sino el nivel de dependencia que hemos permitido construir alrededor de ella.
La inteligencia artificial ha llegado para transformar la manera en que trabajamos. Puede ayudarnos a analizar información, organizar ideas, generar contenidos, encontrar alternativas y acelerar procesos que antes demandaban mucho más tiempo. Sería absurdo desconocer sus beneficios o intentar detener una transformación tecnológica que ya forma parte del mundo laboral. Pero una herramienta diseñada para potenciar nuestras capacidades no debería terminar sustituyéndolas. Ese es precisamente el punto que las organizaciones deberían comenzar a discutir.
Durante años, las organizaciones han buscado personas capaces de analizar, resolver problemas, tomar decisiones, crear, innovar y proponer nuevas formas de hacer las cosas. Esas capacidades constituyen una parte importante del verdadero valor del talento. Ahora bien, ¿qué sucede cuando comenzamos a delegar precisamente esas funciones en una herramienta? El riesgo no aparece necesariamente cuando utilizamos IA para hacer más rápido un trabajo; aparece cuando dejamos de hacer nosotros el trabajo intelectual que está detrás de ese resultado; y, sobre todo, cuando empezamos a sentir que trabajar sin IA es trabajar en desventaja. Ahí deberíamos encender una luz de alerta.
Imaginemos por un momento que una organización anuncia una restricción temporal al uso de determinadas herramientas de inteligencia artificial y la reacción de una parte de sus colaboradores es de profunda preocupación. Más allá de discutir si la medida es conveniente o no, existe una pregunta que la organización debería hacerse: ¿Por qué esta limitación genera tanta incomodidad? Tal vez porque la herramienta se convirtió en parte fundamental de la productividad de esas personas; o porque determinadas tareas comenzaron a depender de ella; quizá porque, sin darnos cuenta, algunas capacidades que antes ejercitábamos diariamente comenzaron a atrofiarse por falta de uso.
La preocupación, entonces, merece ser escuchada; no necesariamente para eliminar la restricción, sino para comprender qué hay detrás de ella. Porque una organización puede tener colaboradores muy productivos con IA y, al mismo tiempo, estar construyendo una fuerza laboral progresivamente menos autónoma sin ella. Y esa diferencia es fundamental.
El mayor activo de una organización no debería ser su capacidad para producir textos, informes, análisis o presentaciones con inteligencia artificial; su verdadero activo sigue estando en las personas capaces de pensar qué debe hacerse, por qué debe hacerse, cómo puede hacerse mejor y qué consecuencias puede tener la decisión. La IA puede producir una respuesta, pero alguien debe determinar si esa respuesta tiene sentido; puede ofrecer una propuesta, pero alguien debe decidir si esa propuesta es pertinente; puede identificar patrones, pero alguien debe comprender qué significan; puede generar alternativas, pero alguien debe tener criterio para escoger; puede acelerar el trabajo, pero alguien debe seguir siendo responsable del resultado. Por eso, la discusión no debería ser si utilizamos inteligencia artificial; la discusión debería ser qué parte de nuestro pensamiento estamos dispuestos a entregarle.
Hay una diferencia importante entre utilizar la IA como asistente y utilizarla como sustituto del pensamiento; el primero piensa y luego consulta; el segundo consulta antes de pensar; y esta diferencia, aunque pueda parecer pequeña, tiene enormes implicaciones para la cultura organizacional. Porque una institución llena de personas que utilizan tecnología avanzada puede parecer altamente innovadora, pero si esas mismas personas pierden progresivamente su capacidad para cuestionar, crear, analizar y decidir, la organización no necesariamente está ganando inteligencia; puede estar simplemente externalizando su inteligencia.
Indiscutiblemente, las organizaciones necesitan aprender a convivir con esta tecnología; necesitan establecer reglas claras, proteger información sensible, definir qué usos son apropiados y formar a sus colaboradores para utilizarla responsablemente. Pero también necesitan preservar algo que ninguna herramienta debería sustituir: el criterio humano. Una política inteligente no debería buscar que las personas trabajen sin IA; debería procurar que sepan trabajar con IA y también sin ella.
Tal vez sea el momento de recuperar una práctica que la velocidad del mundo laboral ha ido desplazando: pensar antes de producir. La productividad no consiste únicamente en hacer más en menos tiempo; también consiste en conservar la capacidad de hacer bien aquello que ninguna herramienta puede decidir por nosotros.
Las organizaciones tienen ahora una responsabilidad enorme. No basta con capacitar a los colaboradores para utilizar inteligencia artificial. También deben desarrollar programas que fortalezcan pensamiento crítico, resolución de problemas, creatividad, análisis, comunicación, criterio y toma de decisiones. Porque mientras más poderosa sea la tecnología, más importante será la calidad del pensamiento humano que la utiliza.
La organización del futuro no será necesariamente aquella que tenga más inteligencia artificial; será aquella que cuente con personas capaces de utilizarla sin depender de ella. Por eso, quizá deberíamos cambiar la pregunta. En lugar de preguntar: ¿Qué pasaría si nos limitaran la IA? Deberíamos preguntarnos: ¿Qué capacidades nuestras deberían seguir intactas si mañana no pudiéramos utilizarla? La respuesta a esa pregunta puede revelar mucho más sobre la salud intelectual de una organización que cualquier indicador de adopción tecnológica. Porque si mañana apagáramos la inteligencia artificial y algunos colaboradores sintieran que también se apagó una parte importante de su capacidad para pensar, crear o resolver, entonces el problema ya no estaría en la tecnología; estaría en todo aquello que dejamos de ejercitar mientras la tecnología pensaba por nosotros.
