*Por Daniel García Santana*
El 3 de este mes, tropas élite de Estados Unidos, bajo el mando del presidente de esa nación, Donald Trump, irrumpieron en el espacio aéreo y terrestre de Venezuela y capturaron al entonces presidente del país sudamericano, Nicolás Maduro, poniendo fin a un régimen largamente cuestionado dentro y fuera de sus fronteras.
La noticia provocó una inmediata algarabía entre amplios sectores del pueblo venezolano, así como entre más de ocho millones de ciudadanos de esa nación que han emigrado en los últimos años, empujados por la asfixiante crisis económica, política y social que destruyó las bases de una nación cuya independencia y soberanía fueron forjadas por Simón Bolívar y otros grandes hombres de la historia.
La mayoría del pueblo estaba exhausta del ejercicio dictatorial del poder por parte de Maduro. Su actitud burlesca y, en ocasiones, falsamente bonachona, servía para disimular el verdadero rostro autoritario de un gobernante que condujo al país al colapso institucional, económico y moral.
No obstante, la euforia inicial comenzó rápidamente a tornarse en desconfianza. La figura que muchos vieron, en un primer momento, como un “libertador” terminó mostrando rasgos de un nuevo amo. Donald Trump, lejos de limitarse a facilitar una transición democrática, parece hoy asumirse como dueño y señor del destino venezolano.
Con un comportamiento que no sorprende, dada su conocida forma de actuar en la vida pública y privada, al mandatario estadounidense “se le ve el refajo” cuando expone su interés en el petróleo venezolano y en otras riquezas estratégicas del subsuelo nacional. Sus actuaciones dejan claro que la operación no obedeció únicamente a razones humanitarias o democráticas.
Como si se tratara de un botín de guerra, Trump anunció la existencia de un “acuerdo” mediante el cual Estados Unidos recibiría entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano para su comercialización en el mercado norteamericano.
El peligro es evidente: que los beneficios de ese negocio terminen nuevamente en manos de los mismos grupos que durante años dilapidaron las riquezas de Venezuela, sin mejorar la vida de sus verdaderos propietarios: el pueblo venezolano, tanto el que resiste dentro del país como el que se vio obligado a emigrar por la miseria y el maltrato social de sus gobernantes.
Esta preocupación se refuerza ante la “disposición” mostrada por Trump a gobernar Venezuela aliado con figuras que muchos consideran parte de la misma estructura de poder que sostuvo al madurismo, encabezada ahora por la actual presidenta, Delcy Rodríguez, mientras se descarta a líderes y movimientos que han enarbolado la bandera por una verdadera reconstrucción nacional.
Venezuela necesitaba liberarse del yugo de Nicolás Maduro y de su entorno, sin importar el costo político. Pero no caer en las manos de otra figura cuyo interés principal no parece ser el desarrollo, la justicia ni la autodeterminación del país.
Alguien debe concientizar a Donald Trump de que Venezuela no es un trofeo ni una empresa privada. Es una nación herida que necesita espacio, respeto y libertad para que su noble y trabajador pueblo pueda iniciar la construcción de un nuevo destino, impulsado por sus riquezas naturales, su dignidad y su amor al trabajo honesto.
