La dictadura cayó en 1961, pero el “chip” del poder absoluto siguió vivo: lo alimentamos, lo premiamos y luego nos quejamos de los  resultados de esta tiranía invisible. Mientras por todos los medios se busca esconder las acciones positivas del gobierno de Trujillo.

Por : Ángel Puello 

Treinta años de mando dejan huellas. La muerte de Rafael Leónidas Trujillo en 1961 no solo cerró un ciclo político; dejó instalado un modo de entender el Estado: el poder concentrado, el país como finca, el ciudadano como súbdito que pide favores. Se desmontó el régimen, sí. Pero en el fondo, la República Dominicana ha cargado desde entonces con algo más difícil de derribar: una tiranía invisible, consentida, que se cuela en el diario vivir y en la forma en que exigimos o toleramos que se gobierne.

La tiranía consentida no necesita calieses ni retratos obligatorios. Le basta con una cultura política que premia al  que confunde autoridad con abuso y eficiencia con atropello. Y cuando esa lógica se junta con pobreza, desigualdad, dependencia y miedo a “quedarse fuera”, el resultado es un país que, sin darse cuenta, firma un contrato emocional con el hiperpresidencialismo: “resuélveme, aunque sea por encima de la ley”.

¿Dónde se ve esa tiranía cotidiana?

  1. El presidencialismo como religión. Se asume que el presidente debe estar en todo: inaugurando, regañando, resolviendo, asignando, castigando. Un país serio funciona con instituciones; aquí  funciona con “el  jefe de turno”.
  2. El clientelismo como oxígeno. Mucha gente no pide derechos: pide “ayuda”. Y el político aprende la lección: no gobierna con políticas públicas, gobierna con funditas, nombramientos y favores. Eso es sumisión con sonrisa.
  3. La burocracia como castigo. Trámites eternos, sellos, ventanillas, retrasos “misteriosos”. El ciudadano se acostumbra a rogar, a pagar peaje, a buscar padrino. La ley deja de ser norma y se vuelve obstáculo.
  4. La impunidad como lenguaje. Cuando la gente ve que el poderoso rara vez paga, interioriza una verdad venenosa: “la justicia no es para todos”. Esa percepción disciplina a la población sin necesidad de amenazas.
  5. La seguridad usada como excusa. Cada crisis empuja a pedir más control, menos garantías. Y la libertad se negocia como si fuera un lujo, no un pilar.
  6. Medios y opinión pública en modo dependencia. La tiranía moderna no siempre censura; a veces compra y seduce No manda callar: distrae, polariza, intoxica. Y el pueblo termina discutiendo el  chismes de  farándula del momento mientras lo esencial se decide sin vigilancia real.
  7. El miedo a pensar diferente. No hace falta persecución abierta para que exista autocensura. Basta con que el empleo, el contrato o la oportunidad dependan del “ grupo que gobierna  ”.

Lo irónico —y políticamente explosivo— es que hoy quien quiere  desmontar lo que queda de esa cultura del poder total es un nieto de Trujillo que aspira a la presidencia: Ramfis Domínguez Trujillo. Más allá de simpatías o rechazos, el hecho abre una pregunta incómoda: ¿será que la herencia que debe preocupar  no es un apellido, sino un modelo de Estado que sigue funcionando como centro de mando ? Mientras tanto muchos piden que se gobierne con las amplias luces de la era de Trujillo como el freno a la invasión haitiana , la alta seguridad ciudadana , el control estricto de los precios de alimentos entre muchas cosas .

Si el dominicano de verdad quiere cortar con la tiranía invisible, la tarea no empieza en el Palacio: empieza en la cabeza colectiva. Dejar de pedir favores y empezar a exigir derechos. Dejar de aplaudir al que “ habla más duro  ” y empezar a respetar al que construye instituciones. Porque la tiranía consentida no sobrevive por fuerza: sobrevive por costumbre. Y ninguna costumbre se cae sola.

ángelpuello@gmail.xom

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