La magia de decir lo que muchos piensan (y de hacerlo con humor) en un país donde la autenticidad vale más que mil campañas
Por : Angel Puello
Cada fin de semana, en mis artículos para Gran Diario, escojo una figura de la comunicación o de la vida pública dominicana para hacer algo que a veces se nos olvida: mirar la luz antes que la sombra. No para idealizar a nadie, sino para reconocer lo que aporta, lo que trasciende y lo que puede servir de referencia a las nuevas generaciones.
Esta semana le toca el turno a Luisín Jiménez. Y voy directo: Luisín tiene un talento que muchos quisieran comprar con presupuestos altos, equipos creativos, “estrategias virales” y campañas de marketing: la capacidad de conectar por autenticidad. Él no siempre necesita un gran montaje; muchas veces le basta una frase, una ocurrencia, un análisis punzante o un comentario con humor para convertirse en tema nacional. Ese es un poder real: el poder de la identificación.
En una época donde la viralidad se fabrica, se pauta y se planifica como si fuera una receta, Luisín demuestra algo distinto: cuando alguien habla con el tono del pueblo, con códigos del barrio, con picardía dominicana y con ese “sentido común” que a la gente le hace decir “¡eso mismo pensé yo!”, entonces la conexión ocurre sin pedir permiso. Y esa conexión, cuando es orgánica, es más fuerte que cualquier tendencia comprada.
No lo digo desde la teoría. Lo digo desde mi experiencia manejando estrategias de comunicación y como productor de televisión, que me inicié en Color Vision en el histórico programa “El Gordo de la Semana” con el inolvidable Freddy Beras-Goico, donde tuve el honor de ser productor ejecutivo.

Y por eso, cuando veo a Luisín en su mejor versión con esa mezcla de análisis con humor, la mirada crítica del país y el comentario que suena a “verdad sin maquillaje”, muchas veces pienso en Freddy: en su manera de leer la realidad dominicana, de retratarla, de exagerarla con arte para que la gente reflexione sin sentirse atacada. Freddy fue irrepetible, pero hay rasgos que se reconocen cuando el talento es auténtico como el caso de Luisín .
Luisín, además, no es un fenómeno de un solo formato. Ha tenido presencia en radio y televisión, y esa versatilidad se le nota: sabe hablar, sabe medir el tiempo, sabe rematar una idea, sabe hacer pausa y sabe “amarrar” la atención. Hace años, Listín Diario lo describió como un “comunicador ocurrente” que se ganó el aprecio del público en lo radial y televisivo, destacando su trabajo en medios y su presencia en televisión. Esa capacidad de sostener audiencia es un arte. Y el arte, cuando se domina, se siente.
Pero donde Luisín ha explotado con fuerza —y donde hoy se vuelve verdaderamente interesante— es en el mundo digital: sus opiniones viajan a velocidad de WhatsApp, se discuten en grupos, se comentan en Facebook, se convierten en recortes, en clips, en “capturas” que caminan solas. Y ahí entra un punto clave: no siempre estamos de acuerdo con él. A veces lo respaldamos. Otras veces nos choca. Pero incluso cuando no coincidimos, Luisín logra algo difícil: nos obliga a hablar del tema.
Su reciente polémica sobre las mujeres y la edad lo demuestra: figuras de alto perfil salieron a responderle, el debate se encendió y el país se ha mantenido comentando durante días. Y aquí viene la parte que mucha gente no entiende del comunicador que sabe jugar el juego: Luisín manejó el escenario con humor; algunos lo interpretaron literal, otros captaron la ironía, pero el resultado fue uno solo: se robó la atención nacional. Eso no se logra por casualidad. Se logra por lectura del público, por timing y por autenticidad.
Ahora bien: ¿por qué vale la pena destacarlo en un artículo de reconocimiento? Porque en un país donde se suele aplaudir lo “perfecto” y se castiga al que se atreve, Luisín representa un recordatorio: la comunicación no es complacer; es conectar. Y conectar implica riesgo, personalidad, carácter.
Y quiero subrayar algo importante, porque siempre pasa: muchas personas creen que cuando uno escribe sobre alguien así, es porque hay una amistad íntima, un interés o una cercanía permanente. Y la verdad es otra: en la mayoría de los casos, son personas a las que quizá uno saluda, se da la mano, intercambia respeto y admiración… pero no necesariamente comparte vida. Estos artículos no nacen de “amistad”; nacen de una convicción: debemos reconocer lo bueno cuando lo vemos.
Como presidente de la Fundación Todo es Posible, yo creo en esa práctica. Porque cuando un joven ve que el país reconoce el talento auténtico —no solo el que se compra— entiende que todo es posible. Cuando alguien aprende a comunicar con verdad, a usar el humor con inteligencia, a sostenerse sin máscaras, demuestra que todo es posible: crecer, trascender, reinventarse, influir y dejar huella.
Mi cierre es una invitación: si Luisín te cae bien, míralo como ejemplo de autenticidad. Si eres de los pocos casos que no te cae bien, míralo como lección de impacto. Pero míralo. Porque en el fondo, en medio del ruido, el país necesita comunicadores que provoquen conversación, que activen reflexión y que recuerden —a su manera— que también desde la palabra, desde el humor y desde la verdad, todo es posible.
