Por Ángel Puello
Hoy es 1 de enero. El día en que la gente se hace promesas, se escribe metas y declara “este sí será mi año”. Y, aunque cada quien lo diga a su manera, casi todos pedimos lo mismo: ser felices. Lo curioso es que perseguimos la felicidad como si fuera un destino, cuando en realidad es una construcción diaria. Este primer día del año es perfecto para ponerle orden a esa idea, porque si empezamos el 2026 con la definición equivocada, nos pasamos doce meses corriendo detrás de espejismos.
Me tropecé con una reflexión del analista económico Morgan Housel que desmonta muchos mitos modernos: para él, la persona “más feliz” no es la que vive entre lujos, fama y excesos, sino alguien de clase media, con una casa normal de tres habitaciones, un carro de varios años, buena salud, un matrimonio estable y amistades cercanas.
Y ahí es donde uno entiende el golpe: quizá hemos confundido éxito con bienestar. Quizá estamos llenando la vida de cosas… y vaciándola de sentido.
Housel no está vendiendo romanticismo barato. Está apuntando a algo muy concreto: la felicidad se sostiene más en estabilidad y lazos humanos que en la “victoria profesional” constante. En otras palabras: lo que te calma por dentro pesa más que lo que te aplauden por fuera. Y si eso es cierto, entonces todo es posible… incluso para quien no tiene una vida perfecta, ni millones.
Hay un dato que también aparece en el debate: varios estudios sugieren que el dinero sí mejora la felicidad, pero solo hasta cierto punto; una vez cubiertas ciertas bases, ganar más no cambia tanto la experiencia emocional. La ciencia ha discutido el número exacto (y hay investigaciones que matizan el “tope” dependiendo de la persona), pero el mensaje central no se mueve: el dinero sirve muchísimo para reducir problemas y estrés, pero no garantiza plenitud por sí solo.
Entonces, ¿qué nos está diciendo esta conversación —en el primer día del año— sobre la verdadera felicidad?
Primero: que la felicidad no se compra como un objeto; se protege como un jardín.
Tú no “llegas” a la felicidad y ya. Tú la riegas con hábitos, con decisiones, con límites, con salud, con descanso, con propósito. Y sí: todo es posible cuando empiezas a cuidar lo esencial, no solo lo urgente.
Segundo: que lo “ordinario” puede ser extraordinario.
Housel lo dice de una manera poderosa: al final de la vida, lo que muchos recordarán con paz no será el lujo, sino la sensación de haber vivido bien, con calma y vínculos reales. Y eso es un recordatorio para este 1 de enero: no te dejes chantajear por la comparación. Las redes sociales fabrican una competencia falsa: “¿quién luce más feliz?”. Pero la felicidad de verdad no hace show; hace hogar.
Tercero: que la estabilidad es un superpoder subestimado.
Tener un techo, salud razonable, una relación que no sea una guerra diaria, amistades que no sean por conveniencia… eso no es “poca cosa”. Eso es riqueza emocional. Y cuando tú entiendes eso, todo es posible porque dejas de vivir en modo supervivencia y empiezas a vivir en modo construcción.
Cuarto: que la felicidad también es progreso, no perfección.
En el artículo se menciona una idea tipo “círculo virtuoso”: cuando alguien siente que avanza en sus proyectos, puede ayudar a su pareja a avanzar en los suyos, y esa dinámica fortalece la vida. Traducción simple: no necesitas ganarlo todo; necesitas sentir que te estás moviendo. Un paso diario vale más que un sueño bonito abandonado.
Ahora bien, aquí viene una parte incómoda: Housel también suelta algo que mucha gente no quiere oír. Cuando le preguntan si uno puede “aprender a ser feliz”, dice que gran parte de nuestras creencias y emociones se forman muy temprano y que no todos estamos configurados igual. ¿Qué significa eso? Que hay personas que por temperamento y por historia emocional van a necesitar trabajar más su bienestar interno. Pero eso no es una condena. Eso es una invitación.
Porque aunque cada mente sea distinta, todo es posible si asumimos responsabilidad. Si pedimos ayuda cuando toca. Si nos alejamos de lo que nos destruye. Si dejamos de querer “parecer” y empezamos a querer “ser”. Si cambiamos el “yo debería” por el “yo decido”.
El caso de corrupción SENASA y otros escándalos que hemos vivido en las últimas décadas de parte de todos los partidos Políticos que nos han gobernado nos han dado muchas enseñanzas sobre las consecuencias de la obsesión de querer conseguir dinero fácil sepultando la honestidad .
En este primer día del año, yo propongo algo: que no hagamos del 2026 un año de apariencias, sino un año de verdad.
Que la meta NO sea “impresionar”, sino vivir en paz.
Que el plan NO sea “tener más”, sino estar mejor.
Que el enfoque NO sea “llegar rápido”, sino llegar entero.
Y si alguien te dijo que tu vida tiene que ser perfecta para ser feliz, hoy te lo digo claro: te mintieron. La felicidad real se parece más a esto: estabilidad, salud cuidada, vínculos honestos, propósito sencillo y gratitud diaria. Y lo mejor: eso está al alcance de muchísima gente si se atreve a priorizarlo.
Cierra los ojos un momento y pregúntate:
¿qué parte de mi vida necesita menos ruido y más verdad?
¿qué relación debo sanar o soltar?
¿qué hábito debo construir?
¿qué meta debo bajar a tierra?
¿qué me daría paz hoy, no “algún día”?
Responde con sinceridad. Y empieza pequeño. Porque los grandes cambios no empiezan con discursos; empiezan con una decisión. Y cuando tú decides, TODO ES POSIBLE.
Y termino como debe terminar este primer día del año: con ánimo, con fe, con dirección. No para venderte fantasías, sino para recordarte que la vida se puede reescribir cuando uno se pone serio con lo que quiere.
Vamos a demostrarlo en el 2026, que todo es posible si nos lo proponemos… y que TODO ES POSIBLE cuando nos comprometemos de verdad.
