A las 8:15 de la mañana, el cielo despejado de Hiroshima se iluminó con una luz que nadie había visto antes. La bomba atómica “Little Boy”, lanzada por el bombardero Enola Gay, estalló a 600 metros sobre el centro de la ciudad. La temperatura en el epicentro superó los 4,000 grados Celsius. En segundos, más de 70,000 personas murieron calcinadas o desintegrada
Testimonios de sobrevivientes describen escenas dantescas: sombras humanas grabadas en las paredes, cuerpos derretidos sobre el pavimento, y un silencio sepulcral que siguió al estruendo. En los días siguientes, decenas de miles más morirían por quemaduras, enfermedades y exposición a la radiación. A 80 años del ataque, los hibakusha —sobrevivientes del bombardeo— aún luchan contra secuelas físicas, emocionales y el estigma social.
Estados Unidos justificó el bombardeo como una forma de forzar la rendición de Japón y evitar más muertes aliadas. Sin embargo, muchos historiadores sostienen que Hiroshima fue un experimento geopolítico y militar que marcó el inicio de la Guerra Fría.
