Por : Mercedes Mendez 

Esa frase —dura, directa, sin maquillaje— se repite más de lo que quisiéramos admitir en la República Dominicana. No es una exageración literaria: es la forma en que mucha gente resume su experiencia cuando muchas veces   el sistema se vuelve un laberinto y la salud termina dependiendo de una ventanilla, de un “vuelva mañana” o de un “aquí no hay cupo”. Y cuando el dolor aprieta, cuando el tiempo no perdona, cuando la fiebre o la presión suben, “volver” se parece demasiado a “rendirse”.

Por eso, cuando alguien suelta: “Gracias al doctor Cruz Jiminián sigo con vida. En otros lugares me negaron la atención”, lo que está diciendo en realidad es otra cosa: en medio del abandono, encontré una puerta abierta. Y en un país donde el acceso a la salud todavía tiene sabor a desigualdad, una puerta abierta puede ser la diferencia entre seguir aquí o no contarlo.

La historia de la Clínica y la Fundación Cruz Jiminián, en Cristo Rey, se ha construido precisamente sobre esa idea: abrir donde otros cierran. Durante años, su nombre se ha vuelto sinónimo de medicina social y de servicio comunitario; una referencia constante cuando se habla del “médico del pueblo” o del “ángel del pueblo”, como lo han descrito medios dominicanos al reseñar su trayectoria y su impacto comunitario.

Y no se trata solo de consultas. Se trata de acciones concretas que han sido documentadas y difundidas públicamente: jornadas quirúrgicas gratuitas sostenidas durante décadas, operativos médicos, entrega de medicamentos, alianzas para ampliar cobertura a población vulnerable. Por ejemplo, se ha reportado que la Fundación realiza desde hace más de 30 años cirugías sin costo para labio leporino y paladar hendido, con apoyo de equipos especializados que llegan desde el exterior y con volúmenes anuales significativos de procedimientos.

También se han reseñado operativos médicos donde se ofrece atención, consultas y medicamentos gratuitos en comunidades con necesidades específicas, en coordinación con entidades públicas. Y cuando iniciativas sociales requieren soporte médico, se ha informado de compromisos explícitos del doctor Cruz Jiminián de aportar servicios de manera gratuita para ampliar el alcance de programas de ayuda.

Entonces, volvamos a la frase del título: ¿por qué se repite tanto?

Porque hay dominicanos que llegan a algunos  centros de salud con el miedo normal de quien no sabe qué tiene… y se van con un miedo peor: el de sentirse invisibles. Y porque en esa realidad, la Clínica Cruz Jiminián se ha convertido —para una parte enorme del país real— en un último recurso con rostro humano. 

No es un cuento romántico: es una necesidad social sostenida por una práctica constante de asistencia, operativos, y programas que se mencionan una y otra vez cuando se habla de salud comunitaria y de acceso para los que menos pueden.

Pero aquí hay una verdad incómoda: no debería existir “el hospital de los pobres” como sustituto de un sistema que funcione para todos. Debería existir como complemento solidario, como valor añadido de una sociedad empática, no como salvavidas obligado frente a puertas cerradas. Cuando la gente celebra que la atendieron “porque en otros lugares se la negaron”, lo que se está retratando es una falla que ya normalizamos demasiado.

Por eso este artículo no es solo un aplauso; es un espejo.

Aplaudo al doctor Cruz Jiminián y a su equipo por la constancia —por sostener programas y jornadas que, según reportes, llevan décadas impactando vidas— y por convertir su obra en un símbolo de esperanza concreta. Pero también señalo lo obvio: un país no puede descansar su dignidad sanitaria en la filantropía. La filantropía salva, sí. El Estado y el sistema deben garantizar.

Hoy, esa frase del título debe servir para dos cosas: para agradecer con el corazón… y para exigir con la cabeza. Que la medicina humana sea la norma, no la excepción. Que nadie tenga que decir “me negaron la atención” antes de poder decir “sigo con vida”.

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