Por Pablo Vicente

En 2007, los investigadores Joseph P. Vandello, Nadav P. Goldschmied y David A. R. Richards publicaron estudios que confirmaron un fenómeno tan antiguo como la competencia misma: las personas tienden a simpatizar y respaldar a quien parte en desventaja. Sus investigaciones demostraron que, cuando el público percibe una contienda desigual, aumenta la inclinación a apoyar al competidor aparentemente más débil. A este comportamiento lo denominaron efecto underdog.

La fuerza del underdog no radica en los recursos, ni en la estructura, ni en la ventaja mediática. Radica en la percepción. Cuando un candidato es visto como el favorito absoluto, cuando transmite una sensación de victoria anticipada, parte del electorado activa un instinto de equilibrio. No es simple compasión; es una reacción frente al exceso de poder.

El efecto underdog funciona porque conecta con emociones profundas. Primero, activa el sentido de justicia: la tendencia a equilibrar fuerzas. Segundo, genera identificación: el votante ve en el candidato “de abajo” un reflejo de sus propias luchas. Y tercero, sirve como mecanismo correctivo dentro de la democracia, evitando que el poder se consolide sin contrapesos.

En nuestras democracias contemporáneas —también en la dominicana— esta dinámica tiene implicaciones estratégicas. El triunfalismo prematuro puede desmovilizar a los propios simpatizantes y, al mismo tiempo, movilizar a quienes desean impedir una victoria anunciada. El ciudadano quiere que su voto cuente; no quiere ser espectador de un resultado que parece decidido.

Sin embargo, conviene advertir que no toda desventaja es virtud ni todo outsider representa renovación auténtica. El efecto underdog explica comportamientos electorales, pero no sustituye la evaluación racional de propuestas, liderazgo y trayectoria ética.

La lección es clara: en política, la debilidad percibida puede convertirse en fortaleza movilizadora. Porque en democracia, la fuerza no siempre viene de arriba. A veces, nace precisamente desde abajo.

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