La madrugada de este fin de semana marcó un quiebre histórico para Venezuela y para toda América Latina. La operación ejecutada por los Estados Unidos, que culminó con la captura de Nicolás Maduro, pone fin —al menos en los hechos— a un ciclo político que durante años degeneró en autoritarismo, colapso institucional y empobrecimiento masivo.

Que un dictador caiga es un acto de justicia histórica, pero la libertad no llega esposada en un avión. Para el pueblo venezolano, lo que sigue no es el final de una pesadilla,
sino el inicio de la tarea más difícil: reconstruir un país roto sin repetir los errores que lo llevaron hasta ahí. El chavismo no desaparece con Maduro.

Un error común es creer que el problema venezolano termina con una persona. Maduro es el rostro, pero detrás existe: Una élite económica-política-militar, redes de corrupción y economías ilícitas, aparatos de control social e inteligencia. Sin desmontar esa estructura, el sistema puede reciclarse con otro nombre.

Para muchos venezolanos, dentro y fuera del país, el sentimiento inicial es comprensible: alivio. Maduro simbolizaba un poder cerrado, sin alternancia, sostenido por la represión, el miedo y una élite político-militar desconectada de la realidad social. Su salida forzada puede leerse como un acto de justicia largamente esperada.

Sin embargo, la pregunta verdaderamente importante no es qué pasó esta madrugada, sino qué empieza ahora.

La historia reciente demuestra que la caída de un dictador no equivale automáticamente al nacimiento de una democracia. El problema venezolano nunca fue solo una persona, sino un sistema completo: instituciones vaciadas, fuerzas armadas politizadas, economía capturada y una sociedad exhausta tras años de crisis, migración y frustración.

La intervención de una potencia extranjera introduce, además, un dilema incómodo. Aunque muchos celebren el resultado, el método deja un precedente complejo: ¿puede construirse legitimidad democrática desde una operación militar externa? ¿Puede la justicia imponerse sin el acompañamiento de un proceso político interno sólido?

Aquí aparece el riesgo mayor: el día después. Un vacío de poder mal gestionado puede derivar en fragmentación, continuidad del sistema con otro rostro o una tutela prolongada. Ninguno de esos escenarios responde al anhelo profundo del pueblo venezolano, que no pide salvadores, sino normalidad.

La experiencia internacional enseña que las transiciones exitosas requieren liderazgo civil legítimo, acuerdos amplios y reglas claras. Sin eso, la euforia inicial se convierte rápidamente en decepción.

Tampoco debe confundirse justicia con venganza. Venezuela necesitará verdad, reparación y responsabilidad, pero también reconciliación. Las democracias no se fundan sobre el resentimiento, sino sobre instituciones que funcionen incluso cuando gobiernan los adversarios.

En este punto, el rol de Estados Unidos será decisivo. No por su capacidad militar, ya demostrada, sino por su capacidad de retirarse a tiempo y devolver el protagonismo a los venezolanos. La libertad no se administra desde afuera; se construye desde adentro.

La madrugada fue histórica. Pero no es el final de la historia. Es apenas el momento en que Venezuela queda frente al espejo más difícil: demostrar que puede reconstruirse sin volver a necesitar un caudillo ni un tutor externo.

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