Por: Por: Luis Encarnación Pimentel

Impedido de ir por un tercer período gubernamental, se veía venir que Luis Abinader, con el control del poder en sus manos y consolidado su liderazgo personal, tomaría en su momento —de hecho y de derecho— las riendas del PRM como su presidente.

Hace más de un año anticipamos por aquí lo que desde el domingo pasado ya es realidad. Así, en un rol de equilibrio político, el hombre pasa del papel de candidato en dos momentos y de cabeza de la nación al de árbitro del partido, con la responsabilidad primaria de evitar que la competencia interna por la candidatura del 2028 fracture la unidad y le torne más franca la ruta hacia el poder a la oposición.

Muy temprano para pronósticos o arengas que no fueran diplomáticas, la figura principal del PRM dijo, de entrada, que no llegaba a presidirlo para apoyar a “un heredero” y, como para evitar “avisperos”, aseguró temprano que el candidato presidencial se escogerá por “mecanismos democráticos”.

Ese discurso coincide con el del expresidente Hipólito Mejía, el otro polo del liderazgo del PRM, quien —y en franco desafío— ha dicho que, con su hija Carolina y lo que ella representa, se la verá todo el que aspire a presidente, pero en una convención democrática. Y juega con prudencia el gobernante al despejar lo del “heredero”, dados los comentarios e insinuaciones en el sentido de que el amplio respaldo económico del Gobierno Central a los proyectos de construcción y embellecimiento de áreas turísticas encaminados por David Collado, el único ministro que queda del equipo inicial del 2020, pudiera responder a un respaldo anticipado hacia el indicado aspirante interno. Además, el detalle de que, en julio del 2025, Collado, en la entrega de una obra de hermoseamiento en el malecón del Distrito Nacional, se autodenominó, sin ser desmentido por nadie, como “el ministro favorito” del presidente Luis Abinader. Dijo ministro, no candidato, pero con segunda intención.

Al Gobierno, a dos años de entregar, con muchas obras pendientes, demandas, cuestionamientos y serios desafíos de por medio, no le convendrían divisiones internas o “ruidos” adicionales.

De ahí que, en vez de “heredad”, Luis piense en tranquilidad partidaria para terminar lo mejor posible. Por eso toma las riendas del PRM, para trazar y aplicar las reglas a conveniencia. Se expone, sin embargo, a que la doble agenda de dirigir el PRM y gobernar el país lo distraiga de lo principal, que es el colectivo nacional.

Justamente, del éxito en esto último dependerán la tranquilidad y la impronta a la hora del retiro. 

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