Crecer no basta: necesitamos defender nuestra identidad, recuperar la seguridad, aliviar el costo de la vida y construir una nación donde el progreso llegue verdaderamente a todos.
Por Ángel Puello
Presidente de la Fundación Todo es Posible
Días atrás, mientras caminaba por una conocida plaza de la capital dominicana, se me acercó una persona que me reconoció de aquellos años en que conducía Todo es Posible, un programa dedicado a hacer realidad los sueños de la gente. Después de saludarme con mucho afecto, me hizo una pregunta sencilla, pero profunda: “Ángel Puello, ¿y cómo tú ves este país?”.
La pregunta se quedó conmigo. Hoy quiero compartir algunas de las cosas que le respondí.
Veo una República Dominicana extraordinaria. Creo profundamente en nuestro país, en su gente y en su capacidad de levantarse frente a las dificultades. Tenemos una posición geográfica privilegiada, riquezas naturales, estabilidad, una economía que ha demostrado capacidad de crecimiento y, sobre todo, millones de dominicanos trabajadores que cada mañana salen decididos a echar hacia adelante.
Pero amar la patria también significa reconocer aquello que debemos corregir.
Me preocupa una República Dominicana donde el crecimiento económico todavía no llega de la misma manera a todos. Hay familias para las cuales llenar el carrito del supermercado constituye una batalla semanal.Hay madres que hacen milagros con sus ingresos y jóvenes que estudian y trabajan sin encontrar todavía las oportunidades que merecen. No podemos conformarnos con estadísticas positivas mientras existan dominicanos que se acuestan preocupados porque no saben cómo resolverán la comida del día siguiente.
También me preocupa la inseguridad. El ciudadano honrado tiene derecho a caminar tranquilo, abrir un negocio, trabajar y regresar a su casa sin miedo. Necesitamos prevención, educación y oportunidades, pero igualmente autoridad, consecuencias para quien viola la ley e instituciones policiales y judiciales cada vez más profesionales y eficientes. Justicia social y orden público no son conceptos enemigos: una sociedad moderna necesita ambos.
Está, además, el desafío migratorio. Soy partidario de una República Dominicana solidaria y respetuosa de la dignidad humana, pero igualmente firme en la defensa de sus fronteras, sus leyes, su soberanía y su identidad nacional. La inmigración irregular debe ser controlada con determinación y dentro del marco de la ley. Ningún país puede renunciar al derecho de decidir quién entra, quién permanece y bajo cuáles condiciones.
Defender nuestra dominicanidad no significa odiar a nadie. Significa amar responsablemente lo nuestro y comprender que la solidaridad nunca puede implicar renunciar a nuestra soberanía.
Durante muchos años, desde la televisión, los eventos, la comunicación, mis libros y la Fundación Todo es Posible, he tenido la oportunidad de conocer directamente los sueños, dificultades y esperanzas de miles de personas. Experiencias como Un millón de Biblias para un millón de dominicanos y Armas por Biblias reforzaron en mí una convicción: detrás de cada estadística existe un ser humano esperando una oportunidad.
Por eso creo en una República Dominicana donde producir alimentos sea prioridad; donde emprender no sea una carrera de obstáculos; donde nuestros jóvenes encuentren oportunidades; donde educación y valores caminen juntos; donde la salud sea verdaderamente accesible y donde el servidor público entienda que administrar recursos del Estado es administrar dinero del pueblo.
No quiero una República Dominicana dividida entre quienes tienen demasiado y quienes apenas sobreviven. Tampoco quiero un país que pierda su identidad, tolere el desorden, permita que la delincuencia imponga sus reglas o convierta la política en un simple negocio personal.
Quiero una nación próspera, segura, justa, solidaria, disciplinada y orgullosamente dominicana. Una República Dominicana donde la bandera no sea solamente un símbolo que levantamos en febrero y agosto, sino un compromiso que llevemos todos los días en nuestras acciones.
Después de más de cuatro décadas observando, comunicando, trabajando y escuchando a nuestra gente, sigo creyendo exactamente lo mismo que durante tantos años repetí frente a las cámaras: todo es posible.
Pero ahora agregaría algo más: todo es posible cuando convertimos el amor por la República Dominicana en trabajo, valores, justicia, orden y resultados.
Porque este país es nuestro. Lo recibimos de generaciones que lucharon por él y tenemos la obligación de entregárselo mejor a las generaciones que vienen.
