Por: Por Franklin García Fermín 

La República Dominicana atraviesa uno de los períodos de mayor estabilidad política, económica e institucional de su historia reciente. Mientras buena parte de América Latina enfrenta crisis de gobernabilidad, polarización, incertidumbre económica o debilitamiento de sus instituciones, nuestro país ha logrado preservar un clima de paz social, crecimiento económico y confianza democrática que merece ser cuidado.

Estos logros no son fruto de la casualidad. Son el resultado de un largo proceso histórico de construcción institucional iniciado tras el ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, el 30 de mayo de 1961. Desde entonces, con los avances y retrocesos propios de toda democracia en desarrollo, la sociedad dominicana ha fortalecido su sistema de partidos, consolidado sus instituciones y cultivado una cultura política cada vez más comprometida con la alternancia en el poder, el respeto a la Constitución y la convivencia democrática.

Precisamente porque esos avances han requerido décadas de esfuerzo colectivo, no podemos permitir que sean puestos en riesgo por la improvisación, la frivolidad, la charlatanería o el predominio del espectáculo sobre las ideas. La democracia necesita debate, crítica y oposición responsable, pero también exige altura, respeto y sentido de Estado.

En toda sociedad democrática surgen nuevos liderazgos y nuevas opciones políticas. Ese es un fenómeno natural y saludable. Sin embargo, la renovación del liderazgo debe sustentarse en la preparación académica y política, la experiencia, la capacidad de gestión y una comprensión profunda de la complejidad del Estado. Gobernar una nación no es un ejercicio de popularidad pasajera ni una competencia de ocurrencias; es una enorme responsabilidad que compromete el presente y el futuro de millones de ciudadanos.

Nuestro país debe continuar apostando por una cultura del mérito, la formación y la superación personal como fundamento del liderazgo público y privado. Las sociedades que progresan son aquellas que premian el esfuerzo, la disciplina, el estudio y la vocación de servicio. Por ello, fortalecer la educación en todos sus niveles, ampliar las oportunidades de capacitación y promover una ciudadanía crítica y bien formada constituye una condición indispensable para consolidar un Estado moderno, competitivo y sólidamente institucional.

Vivimos una época en la que las redes sociales pueden convertir cualquier discurso en tendencia. Sin embargo, la administración pública exige mucho más que capacidad comunicacional. Requiere conocimiento, criterio, prudencia, visión estratégica y experiencia para afrontar desafíos económicos, geopolíticos, tecnológicos y sociales cada vez más complejos.

El mundo actual ha dejado atrás las ventajas sustentadas únicamente en los recursos naturales. Hoy las naciones compiten mediante el conocimiento, la innovación, la investigación científica, el desarrollo tecnológico y la calidad de su capital humano. La verdadera riqueza de los países ya no reside solo en lo que extraen de la tierra, sino en lo que son capaces de crear con el talento y la inteligencia de su gente.

En esa dirección, la República Dominicana ha orientado sus esfuerzos hacia la consolidación de una economía basada en el conocimiento, fortaleciendo la educación, la ciencia, la tecnología, la innovación y la formación permanente de sus ciudadanos. Ese es el camino seguido por las sociedades más exitosas del mundo, y no debemos desviarnos hacia modelos dominados por la improvisación, el irrespeto o la banalización del debate público.

Cuando el lenguaje político se degrada, también se deteriora la calidad de la democracia. La descalificación permanente, la ofensa personal, la falta de respeto por las instituciones y la reducción del debate a consignas o burlas empobrecen la vida pública y dificultan la construcción de los consensos que el país necesita.

La historia demuestra que los pueblos pagan un alto precio cuando confunden liderazgo con popularidad efímera o entregan la conducción del Estado a quienes carecen de la preparación necesaria para afrontar los grandes desafíos nacionales. La estabilidad nunca debe darse por garantizada; requiere vigilancia permanente, responsabilidad ciudadana y una firme defensa de las instituciones democráticas.

Desde esta perspectiva, considero que el liderazgo del presidente Luis Abinader representa un ejemplo de conducción sustentada en una visión de Estado, el respeto a la institucionalidad democrática y el compromiso con la estabilidad política y económica del país. Como toda gestión pública, está sujeta al escrutinio ciudadano y al debate democrático; sin embargo, resulta innegable su contribución a preservar un clima de gobernabilidad en un contexto internacional particularmente complejo.

Hoy más que nunca debemos cuidar lo que con tanto esfuerzo hemos construido. Como dice el lenguaje popular, debemos cuidar la gallina de los huevos de oro. Detrás de esa expresión existe una profunda verdad política: las naciones prosperan cuando protegen sus instituciones, fortalecen su democracia y actúan con responsabilidad frente a los desafíos del futuro.

No juguemos con la improvisación. La paz social, la estabilidad económica, la seguridad jurídica y la confianza en las instituciones constituyen un patrimonio colectivo que pertenece a todos los dominicanos. Preservarlo exige ciudadanos conscientes, dirigentes responsables y líderes capaces de colocar siempre el interés nacional por encima de cualquier cálculo político.

La República Dominicana es reconocida como una de las democracias más estables y dinámicas del hemisferio. Mantener esa condición dependerá de nuestra capacidad para seguir fortaleciendo las instituciones, apostar por el conocimiento, ejercer un liderazgo responsable y defender, de manera permanente, los valores democráticos y el Estado de derecho. La democracia no se improvisa: se construye cada día con preparación, integridad, compromiso y visión de futuro.

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