El episodio protagonizado por Nikauly de la Mota recuerda que el periodismo y la comunicación responsable tienen la misión de cuestionar para construir, no de callar por conveniencia.

Por : Magaly Florencio 

En una democracia sana, las voces que señalan problemas con el propósito de impulsar soluciones deberían ser vistas como aliadas del desarrollo nacional. Esa es precisamente la impresión que ha dejado el reciente episodio protagonizado por la comunicadora Nikauly de la Mota, un caso que durante los últimos días ha ocupado espacios en programas de televisión, redes sociales y medios digitales del país.  

Todo comenzó cuando, desde el programa Libremente, Nikauly expresó inquietudes sobre la realidad del tránsito y el transporte en la República Dominicana. No fue un comentario dirigido a desacreditar por desacreditar, sino una reflexión en la línea que ha caracterizado gran parte de su trayectoria: llamar la atención sobre problemas que afectan diariamente a miles de ciudadanos y promover la búsqueda de soluciones.  

Posteriormente surgió una controversia que rápidamente se hizo viral. Según la versión expuesta públicamente por la comunicadora, sus cuestionamientos habrían sido interpretados como una estrategia para obtener beneficios publicitarios, situación que, de acuerdo con su denuncia, derivó en una propuesta que ella decidió rechazar por entender que comprometía la independencia de su ejercicio profesional. Esa respuesta, dada de manera pública y firme, generó un intenso debate nacional.  

Más allá de las posiciones encontradas que puedan existir sobre este caso, hay un aspecto que merece ser reconocido: una comunicadora tiene el derecho, y también el deber, de expresar preocupaciones sobre asuntos de interés público. Cuando una figura utiliza sus espacios para hablar de seguridad vial, transporte, organización urbana o calidad de vida, está abordando temas que impactan a toda la sociedad.

Quienes han seguido la carrera de Nikauly de la Mota saben que su estilo siempre ha estado marcado por una personalidad inquieta, participativa y  realizando campañas de orientación y proyectos dirigidos a mejorar la vida de distintos sectores de la población. Esa trayectoria explica por qué muchos interpretan sus intervenciones como parte de una vocación permanente de aportar, más que de confrontar.

Las instituciones públicas también enfrentan enormes desafíos y merecen reconocimiento cuando realizan una buena gestión. Pero precisamente por la importancia de su misión, deben entender que las observaciones provenientes de la ciudadanía y de los comunicadores no necesariamente representan ataques. En muchas ocasiones constituyen oportunidades para fortalecer políticas públicas y acercarse aún más a las necesidades reales de la población.

Este episodio deja una enseñanza que trasciende a sus protagonistas. El país necesita más diálogo, más apertura y mayor disposición para escuchar opiniones distintas. Las críticas responsables no deben verse como enemigas del Estado, sino como una herramienta para perfeccionar la gestión pública.

Por eso, corresponde felicitar a Nikauly de la Mota por mantenerse fiel a sus principios y defender, según ha expresado públicamente, la independencia de su voz. En tiempos donde la credibilidad constituye uno de los activos más valiosos de cualquier comunicador, actuar con coherencia fortalece la confianza de la audiencia y envía un mensaje positivo: cuando el objetivo es construir un mejor país, la verdad y la integridad siempre deben ocupar el primer lugar.

Si te gustó compartelo!