Que los escándalos de muchos no empañen a los que hacen un trabajo extraordinario

Por Angel Puello 

El Estado Dominicano, mediante la Ley No. 302-81, de fecha 19 de mayo de 1981, instituyó el “Día del Servidor Público”, que en la República Dominicana se conmemora cada 25 de enero. Y justamente por eso, porque hoy es 25 de enero, esta efeméride llega con un sentido más profundo: es una oportunidad para mirar de frente lo que la gente siente, lo que la gente exige y lo que el país necesita del servidor público.

Como presidente de la Fundación Todo es posible, pienso que sí: hay que valorar el Día del Servidor Público. Pero valorarlo de verdad, no con frases bonitas. Valorarlo implica reconocer el peso real de la función pública en una República Dominicana donde la población vive entre la esperanza y el cansancio, entre el deseo de ver las cosas bien y la frustración que dejan los escándalos, los rumores, las denuncias y los errores que han salido a la luz pública en los últimos años.

Seamos claros: una gran parte de la población mira al servidor público con desconfianza. No necesariamente porque crea que todos son iguales, sino porque ha visto demasiadas veces lo mismo: promesas que se quedan en el aire, trámites que se vuelven una tortura, “palancas” que se imponen sobre el mérito, y casos donde el poder termina pareciendo una licencia para abusar. Y cuando eso se repite, el ciudadano termina metiendo a todos en el mismo saco, aunque sea injusto.

Precisamente por eso este día debería servir para una exigencia nacional: mejores servidores públicos. Y cuando uno escucha a la gente en la calle —en la guagua, en la fila de una oficina, en un colmado, en redes sociales— se repiten peticiones que son tan básicas como urgentes. La población pide, por ejemplo:

  1. Trato digno: que el ciudadano no sea visto como una molestia, sino como razón de ser del servicio.
  2. Eficiencia: menos burocracia, menos “vuelva mañana”, menos excusas.
  3. Transparencia: que cada peso se pueda explicar y cada decisión se pueda justificar.
  4. Meritocracia: que el puesto lo ocupe quien esté preparado, no quien tenga padrino.
  5. Coherencia ética: que el servidor público entienda que su conducta también educa.
  6. Cercanía y empatía: porque la gente no va a una institución a “pedir un favor”; va a ejercer un derecho.

Ahora bien, cuando hablamos de un servidor público ejemplar, no hablamos de alguien perfecto. Hablamos de alguien que, aun bajo presión, decide actuar con principios. Un servidor público ejemplar es el que cumple la ley incluso cuando nadie lo está mirando; el que administra recursos como si fueran de su propia familia; el que no se esconde detrás del cargo, sino que da la cara; el que escucha críticas sin sentirse dueño de la verdad; el que entiende que el poder es temporal, pero la reputación es para siempre.

Y aquí viene lo que muchos olvidan: en medio de tantos escándalos, existe en República Dominicana un gran número de servidores públicos que han sido ejemplares. Gente que ha mantenido una gestión transparente, técnica, profesional. Servidores que han demostrado capacidad real, que han modernizado procesos, que han elevado estándares, que han logrado resultados medibles y, en no pocos casos, han recibido reconocimientos importantes, incluso internacionales, por la calidad de su trabajo osea que son servidores públicos orgullo de República Dominicana en el mundo y que hasta les ha tocado la dirección mundial de organismos de mucha  importancia .Esos funcionarios se convierten en orgullo nacional porque muestran que sí se puede: que la gestión pública no tiene que ser sinónimo de desorden, de improvisación o de sospecha.

Pero también hay algo humano que debe decirse: ser un buen servidor público no es fácil. Lo sabe el empleado que atiende ventanilla bajo presión, con filas largas y demandas diarias. Lo sabe el encargado de área que tiene que resolver con poco presupuesto. Lo sabe un director general, un administrador, un ministro, un presidente de institución, que vive bajo escrutinio permanente, con ojos encima, con críticas constantes, con expectativas enormes. Y, muchas veces, por los errores de otros, se pretende “sellar” a todos como iguales. Esa injusticia no solo daña reputaciones: también desmotiva a los buenos.

Por eso, además de exigir, debemos estimular. El país necesita más mecanismos  de reconocimiento y motivación para los servidores públicos destacados: incentivos por desempeño, oportunidades de formación, promoción basada en resultados, visibilidad positiva para quienes hacen bien su trabajo. No para crear “ídolos”, sino para crear modelos. Porque el ejemplo contagia. Y cuando el buen trabajo se premia, se multiplica.  Sabemos de unos cuantos funcionarios ejemplares que desde hace años  se han ganado el pasar a ocupar cargos mayores por haber realizado gestiones historicas frente a la dirección o al ministerio que ocupan.

Que este Día del Servidor Público no sea un simple recordatorio en el calendario. Que sea un punto de inflexión: para que el ciudadano vuelva a creer, para que el servidor honesto se sienta respaldado, y para que el que no está a la altura entienda que el país ya no tolera más. República Dominicana merece un servicio público más humano, más transparente, más eficiente y más decente.

Hoy más que nunca, repitamos una verdad sencilla: un país se levanta cuando su gente confía en sus instituciones. Y las instituciones se dignifican cuando quienes las sirven lo hacen con honor. Como presidente de la Fundación Todo es posible, abrazo, reconozco y defiendo al servidor público que trabaja con integridad. Y, al mismo tiempo, invito a que esta fecha sea una promesa colectiva: vamos a construir un Estado donde servir sea sinónimo de orgullo, y no de sospecha. Porque, al final, cuando el servidor público mejora, mejoramos todos.

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