Por Tony Peña Guaba
La República Dominicana es hoy la novena economía del continente americano y la séptima de América Latina, si consideramos más de cincuenta países, incluidas las Antillas Menores. No es un dato menor. Esta media isla caribeña ocupa, contra todo pronóstico histórico, un lugar privilegiado en el mapa económico y democrático del hemisferio.
En el exterior, hablar de la República Dominicana es hablar de un país con prestigio, estabilidad y oportunidades. Sin embargo, resulta legítimo preguntarnos: ¿por qué muchos dominicanos aún tienen una percepción negativa de su propia nación?
Para entenderlo, es necesario mirar atrás. A inicios de la década de 1990, nuestra economía dependía casi exclusivamente del llamado “postre económico”: azúcar, café y cacao. El desarrollo era limitado, la diversificación prácticamente inexistente y el país podía describirse, sin exagerar, como subdesarrollado. El punto de partida era complejo.
¿Qué ha ocurrido desde entonces hasta el presente?
La respuesta es clara: una transformación profunda y sostenida.
Hoy, la República Dominicana es un referente regional de crecimiento económico y diversificación productiva. Contamos con un sector turístico robusto, disputando el segundo lugar del continente con Bahamas; una estructura sólida de zonas francas; una minería organizada; un sector agropecuario diversificado; y una industria en expansión en áreas como medicamentos, tecnología y servicios. El tabaco y el cacao viven uno de sus mejores momentos históricos. Las remesas superan los 11 mil millones de dólares, el sector inmobiliario se consolida y las exportaciones guardan coherencia con el tamaño y la capacidad del país.
Nada de esto ha sido casual. Este progreso se ha construido a lo largo de distintos ciclos de gobierno, bajo administraciones del PRSC, el PLD, el PRD y el PRM. Esto demuestra una verdad incómoda para los discursos simplistas: la clase política dominicana, con errores y aciertos, ha cumplido un rol histórico en la construcción del país actual.
Sería irresponsable negar que hemos padecido corrupción e impunidad. Han existido y existen. Pero cuando observamos el mapa de América Latina, resulta evidente que un país pequeño como el nuestro ha logrado algo que muchos no: una democracia estable, crecimiento económico sostenido y reconocimiento internacional, aun con sus imperfecciones.
Entonces, ¿han hecho su tarea los partidos políticos y sus gobiernos?
La respuesta, con sentido histórico, es sí.
Entre todos —Estado, sector privado, diáspora, trabajadores y liderazgo político— hemos cooperado para edificar la República Dominicana que hoy conocemos. Eso no implica conformismo. Persisten males estructurales que deben ser enfrentados con decisión, profundidad y responsabilidad.
Pero ese es un debate que merece su propio espacio.
