En la República Dominicana se ha dicho de todo sobre la política: que es guerra, que es “todo vale”, que es un ring donde el que no ensucia al otro no gana. Por eso, cuando un jefe de Estado decide caminar en dirección contraria y hacerlo como método, no como pose el país lo percibe, incluso quienes no militan con él. De ahí surge una idea que ha venido ganando espacio en el debate público: que el mayor legado de Luis Abinader no se mide únicamente en obras o cifras, sino en la forma de ejercer el poder: más institucional, menos cínica, más apegada a reglas y más resistente a las viejas tentaciones de la impunidad.

Este editorial se publica desde Nuestras Instituciones Públicas, el portal privado oficial  para informar, documentar y reconocer las acciones de las instituciones del Estado y de sus funcionarios. Y precisamente por esa razón, cuando un estilo de gobierno impacta la cultura institucional, corresponde decirlo con claridad: la forma también gobierna. La forma crea precedentes, marca límites y educa, incluso sin discursos grandilocuentes.

En los últimos años se ha repetido, desde voces dentro y fuera del Gobierno, una línea que rompe con el manual tradicional: no convertir al adversario en enemigo, ni hacer de la calumnia una estrategia. En el debate dominicano eso tiene peso, porque venimos de décadas en las que la difamación electoral rozó lo “normal”. Ese contraste alimenta el argumento de quienes ven en Abinader un liderazgo que intenta normalizar la decencia como regla de competencia democrática, no como excepción para tiempos de campaña.

Ahora bien: ningún legado se sostiene si se queda solo en estilo. La institucionalidad requiere resultados verificables y señales consistentes. En esa dirección, el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional ha sido citado como referencia internacional para medir avances y retrocesos, y se ha interpretado que el país ha mostrado mejoría en los últimos cortes. Eso no significa misión cumplida, pero sí respalda una idea: la transparencia dejó de ser un eslogan y pasó a convertirse en una presión permanente sobre el aparato público.

Hay, además, una dimensión que suele explicar por qué ciertas gestiones trascienden: la confianza. La confianza interna, cuando la ciudadanía percibe reglas más claras; y la confianza externa, cuando el país ofrece estabilidad. El turismo, como termómetro de reputación internacional, ha mantenido resultados récord en los informes y balances difundidos por las autoridades y por el propio sector, confirmando que la República Dominicana continúa consolidándose como potencia regional. No se trata solo de economía: es marca-país, es capacidad de gestión, es ordenamiento, es credibilidad.

En política exterior, el país también ha buscado un rol más visible en foros multilaterales, particularmente en torno a la crisis haitiana. El Gobierno ha documentado llamados del presidente a la comunidad internacional para actuar con mayor urgencia ante la situación del vecino país. Es un tema que marca la agenda regional y exige cabeza fría, firmeza y una estrategia que combine humanidad con responsabilidad nacional.

En Nuestras Instituciones Públicas no hacemos propaganda: registramos hechos y reconocemos cuando una conducta pública eleva el estándar. Y hoy, el eje más defendible del llamado “legado Abinader” es ese: haber empujado todavía en construcción la idea de un Estado con más candados institucionales, mayor cultura de cuentas claras y menor tolerancia social a la impunidad.

Falta mucho, sí. Como en la mayoría de los países, la gente sigue sintiendo presión por el costo de la vida; la inseguridad continúa siendo una preocupación cotidiana; y la crisis haitiana seguirá representando una prueba histórica para cualquier gobierno. Pero incluso en esos terrenos,  en el gobierno de Luis Abinader se han producido avances que merecen registro, evaluación y continuidad donde corresponda.

Cuando un presidente intenta gobernar sin ensuciar la política para ganar, y al mismo tiempo empuja un tono institucional, el país debe anotarlo por lo que es: una inversión en democracia. Y esa inversión si se sostiene, si se protege y si se convierte en cultura termina valiendo más que cualquier aplauso momentáneo.

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